La filosofía de la mente es, probablemente, una de las ramas de la filosofía más hirvientes de discusión en el día de hoy, pues trata con uno de los enigmas más grandes del mundo contemporáneo: el problema de la conciencia (o PROBLEMÓN de la conciencia), la incógnita de la relación entre la mente y el cerebro. Filósofos y científicos se esfuerzan por entender el misterio de la conciencia: ¿qué es la conciencia?, ¿cómo se relaciona con el cerebro?, ¿cómo y por qué emerge de la materia?, y un largo etcétera. Propuestas las hay de todos los colores, pero lo increíble es que ninguna se salva de tener sus propios problemas.
En el vídeo de hoy, daremos un repaso a las principales posiciones en torno al problema mente-cerebro. Si te has preguntado alguna vez sobre la naturaleza de la conciencia, la relación entre tus pensamientos y tu cerebro físico, o simplemente sientes curiosidad por uno de los debates filosóficos más antiguos y persistentes, este es tu vídeo.
Estas pasadas navidades, he tenido una revelación: Cataluña esconde la clave para que entiendas el problema difícil de la conciencia de una vez por todas. Llevamos ya una buena serie de vídeos ahondado en la filosofía de la mente y sus preguntas centrales: ¿cuál es la relación entre la mente y el cerebro?, ¿cómo puede el riquísimo mundo interior de la experiencia subjetiva surgir de procesos puramente electroquímicos, desprovistos de toda dimensión mental previa? ¿Produce realmente el cerebro la conciencia?
Una cosa que me ha frustrado especialmente estos últimos meses es encontrarme con gente que, sencillamente, no ve dónde está el problema. Por ello, llevo tiempo intentando encontrar una buena analogía o metáfora para transmitir por qué el problema de la conciencia es tan duro o difícil, como lo llamamos los filósofos. Y creo que, por fin, la he encontrado, ¡y lo mejor es que la tenía delante de los ojos, porque es algo que todos los catalanes hacemos por Navidad! Así que, si quieres profundizar más en este misterio de la conciencia, no te pierdas este vídeo, y descubrirás cómo una loca tradición catalana esconde la clave para que entiendas uno de los mayores problemas de la filosofía contemporánea.
Llevamos meses obsesionados con el problema mente-cerebro: ¿cuál es la relación entre la conciencia (la dimensión subjetiva de la experiencia) y todos esos procesos físicos, electroquímicos, neurales, que tienen lugar en tu cerebro? Abundan las propuestas de solución y falta el consenso.
Una de las hipótesis más atractivas es alguna especie de materialismo no reductivo: una teoría que reconozca la conciencia como algo irreductible a lo físico, pero sin abandonar el paradigma materialista. Las dificultades del materialismo reduccionista (la clásica teoría de la identidad) han empujado a varios autores a una opción como esta. Pero otros cuestionan que el materialismo no reductivo sea una alternativa viable. En este vídeo, exploraremos lo que se conoce como el dilema de Kim, un problema planteado por el filósofo materialista Jaegwon Kim en contra del materialismo no reductivo. Según Kim, el problema de esta forma de materialismo es que trata de combinar tres tesis que son, en el fondo, incompatibles. ¿Cuáles son? ¿Qué opciones existen para evitar el problema? ¿Te dejará todo esto dormir por la noche? ¡Descubrámoslo!
Seguimos profundizando en el fascinante mundo de la filosofía de la mente, la rama de la filosofía cuya pregunta central es cómo se relacionan la mente y el cerebro (el también llamado problema de la conciencia). Por muchos años, dominó en filosofía una esperanza materialista en la capacidad de la ciencia de explicar reductivamente la conciencia, esto es, en que algún día seríamos capaces de dar una descripción reduccionista de la mente, en términos de procesos y elementos puramente físicos y mecánicos. Pero el insistente (y penetrante) trabajo de muchos filósofos ha ido erosionando este materialismo reduccionista en las últimas décadas, y una nueva convicción empieza a emerger en la disciplina: a saber, que es bien probable que la conciencia sea un fenómeno irreductible a lo físico.
Entre estos filósofos, uno de los más influyentes es el ateo Thomas Nagel, que en 1974 escribió un provocador artículo, «¿Cómo es ser un murciélago?» (o «¿Qué se siente ser un murciélago?»), en el que defendía que la ciencia, si seguía anclada al proyecto naturalista reduccionista, sería incapaz de explicar la conciencia. 50 años y múltiples avances científicos después, el problema que identificó Nagel para el reduccionismo sigue siendo literalmente el mismo: el problema duro de la conciencia no ha perdido ni un ápice de su dificultad. Acompáñame en este vídeo, que lo vas a ver. ¡A pensar!
Seguimos con nuestra serie sobre filosofía de la mente, profundizando en el problema mente-cerebro, o problema de la conciencia. En el vídeo anterior, vimos las dificultades (o la imposibilidad) de dar una explicación reductiva de la conciencia en términos puramente físicos. Según el argumento que desarrollaba el filósofo ateo Thomas Nagel en su artículo «¿Cómo es ser un murciélago?», una descripción física completa de los procesos cerebrales asociados con la experiencia consciente siempre va a dejar fuera precisamente la dimensión subjetiva. Los hechos, las verdades, de la experiencia consciente sencillamente no parecen capturables en los términos cuantitativos que la ciencia se ha acostumbrado a utilizar desde Galileo.
En consecuencia, en las últimas décadas se ha vuelto común escuchar discursos acerca de la conciencia que la tratan como un fenómeno emergente: una propiedad irreductible a lo físico (no identificable con los procesos electroquímicos que tienen lugar en el cerebro) pero que emerge de la materia cuando ésta alcanza un cierto grado de complejidad. Se trata de la propuesta del emergentismo (que sería una clase de materialismo no reductivo o dualismo de propiedades, si te acuerdas del primer vídeo de la serie).
En esta ocasión, abordamos el emergentismo desde una perspectiva crítica, presentando en primer lugar sus ventajas, pero también los motivos por los cuales no pocos filósofos sienten que esta posición, más que solucionar el problema duro de la conciencia, sencillamente nos distrae para que dejemos de pensar en él. Así que, vamos, ¿es la conciencia resultado de procesos meramente físicos? ¿O necesitamos ir más allá?
Llevamos meses profundizando en el misterio filosófico más grande de la actualidad: el problema de la conciencia. Estamos en el corazón de la filosofía de la mente, esa disciplina que se pregunta exactamente cuál es la relación entre la mente y el cerebro.
En el vídeo de hoy, abordaremos una solución relativamente común a este problema difícil de la conciencia: la idea de que la conciencia es un epifenómeno del cerebro. ¿Qué significa esto? En filosofía, la idea de la conciencia como epifenómeno (o epifenomenalismo) significa que la conciencia, o la experiencia subjetiva, no es una causa en sí misma, sino más bien un efecto secundario o subproducto de la actividad cerebral. Es decir, la conciencia no influye en el mundo físico, sino que es causada por procesos físicos en el cerebro. Puesto de modo simple, que la mente es siempre efecto, pero nunca causa: la experiencia consciente subjetiva es un efecto secundario de los procesos cerebrales, que la producen, pero luego ella no causa ni produce nada de vuelta en el cerebro, el cuerpo, o la realidad física en general. La conciencia es como una película que va rodando en tu cabeza, al tiempo que tu cuerpo se mueve de modo mecánico, exclusivamente por las reacciones electroquímicas que se dan dentro de tu cráneo.
Si te está dando vueltas la cabeza, ¡no te preocupes! Porque, aunque el epifenomenalismo pueda sonar como una teoría razonable de buenas a primeras, lo cierto es que tiene implicaciones tan radicales que la convierte en una teoría más absurda sobre la conciencia jamás inventada. Acompáñame para descubrir por qué. ¡Viva la filosofía!
Siguiendo con nuestra serie sobre el problema difícil de la conciencia, hoy nos toca hablar del materialismo eliminativo, defendido por autores como Paul y Patricia Churchland, Alex Rosenberg y (al menos según cómo se lo interprete) Daniel Dennett. El eliminativismo es probablemente la solución más radical al problema mente-cerebro, al declarar sin cortarse ni un pelo que la conciencia no existe. ¡Problema resuelto!
¿Pero no es acaso evidente que la mente es real? ¿No es la experiencia consciente subjetiva lo que tenemos más a la mano? Tal vez, y aun así puede que te sorprendan los motivos a favor de esta loca filosofía. Y es que el caso a favor del eliminativismo es más robusto de lo que parece, al menos si uno parte de los típicos supuestos materialistas. Acompáñame para descubrir por qué estos autores piensan que la única solución materialista coherente al problema duro de la conciencia es negar la mente como una ilusión.
Hace tiempo recibí un misterioso paquete con la inscripción «El Argumento Definitivo Contra el Materialismo». Dentro, había una carta y una calculadora…
Así empezamos este vídeo, en el que seguimos la serie de filosofía de la mente y el problema de la conciencia con el que tal vez sea el mayor desafío al materialismo: un argumento del filósofo James F. Ross que pretende concluir que el intelecto es una facultad (al menos parcialmente) inmaterial, no reductible a ni identificable con nada puramente materiales, como una actividad o proceso en el cerebro. Para ello, Ross se basa en una paradoja desarrollada por el filósofo Saul Kripke con la que muestra que nada material puede tener una estructura formal (lógico-matemática) determinada. Pero nuestro pensamiento sí puede (o no seríamos capaces de razonar matemática y lógicamente). Ergo el pensamiento es una facultad que no puede reducirse por completo a la materia. ¡Es más fácil de lo que suena, y te lo explico de la manera más sencilla posible!
Seguimos con otro episodio de nuestra serie de filosofía de la mente, donde exploramos las distintas propuestas de solución al problema duro de la conciencia. En anteriores vídeos, hemos visto los problemas que tiene tanto el materialismo reductivo (con su incapacidad para hacerse cargo de la subjetividad, como puso de relieve Thomas Nagel en su famoso artículo «¿Cómo es ser un murciélago?»), como del emergentismo, con su propuesta de que la conciencia emerge (¿mágicamente?) del cerebro, al alcanzar la materia un cierto grado de complejidad. Debido a todos estos problemas, y a pesar de gozar de una posición de consenso durante décadas, la postura materialista ha sido incapaz de producir ni que sea el comienzo de una explicación de la conciencia, de una solución al problema mente-cerebro. En estas, muchos autores creen que es momento de pensar fuera de la caja, explorando hipótesis alternativas, por locas que suenen a priori.
Y aquí es donde entra el panpsiquismo, una de esas nuevas hipótesis que está ganando más terreno dentro de la filosofía de la mente. Lo que propone el panpsiquismo es negar justamente la tesis que genera el problema difícil de la conciencia, a saber: que existe lo no-consciente, lo completamente privado de dimensión mental o subjetiva. En contra de esto, el panpsiquista propone que todo, absolutamente TODO, tiene una dimensión mental, hasta los electrones y el resto de partículas fundamentales. ¿Por qué está cautivando una posición tan extraña y contraintuitiva la mente de tantos filósofos? ¿Qué tiene el panpsiquismo de atractivo? ¿Qué argumentos puede haber en su favor? Y sobre todo, ¿qué problemas le podemos encontrar?
Seguimos con nuestra serie sobre filosofía de la mente, explorando uno de los más grandes misterios filosóficos y científicos: el problema de la conciencia. Por mucho tiempo, la ortodoxia ha sido el materialismo, la visión de que las propiedades mentales son identificables con o reducibles a meras propiedades y procesos físicos en el cerebro. Pero el fracaso de producir ni que sea el comienzo de una explicación plausible de cómo eso puede ser así ha llevado a muchos autores, a lo largo de las últimas décadas, a empezar a buscar alternativas. La realidad de la conciencia no parece poder hacerse inteligible en un mundo de meras partículas en movimiento, completamente desprovistas de propiedades mentales.
Entonces, ¿y si le damos la vuelta a la tortilla? Eso es lo que plantea el idealismo: que el verdadero fundamento de las cosas no es la materia, sino la mente. Todo es producto de una conciencia universal, cósmica, transpersonal, en la que vivimos y nos movemos. ¿Cómo podría ser esto verdad? ¿Qué razonamientos nos llevarían a aceptar tal conclusión? En este vídeo, vamos a explorar este asunto de la mano de uno de los filósofos idealistas contemporáneos más influyentes: Bernardo Kastrup. ¡Acompáñame y déjate sacudir por este fascinante sistema de pensamiento! (Por cierto, ésta es una de las pocas explicaciones que hay en YouTube de la filosofía de Bernardo Kastrup en español!)
En el último vídeo, expusimos en detalle la filosofía idealista de Bernardo Kastrup, uno de los filósofos contemporáneos más contrarios al materialismo. Kastrup defiende un idealismo según el cual sólo existe una única conciencia cósmica, universal, transpersonal, en la que vivimos y nos movemos. Cada uno de nosotros somos un álter disociado de esta Mente de la Naturaleza, y estamos rodeados por sus pensamientos: la fisicalidad, la «materia», no es más que la apariencia extrínseca que las experiencias y procesos mentales de la Naturaleza tienen desde detrás de la barrera disociativa.
Como es de esperar dentro de la filosofía, el idealismo no ha estado sin críticas ni detractores. Algunas objeciones son malas y circulares, pero otras tienen su interés. En esta ocasión, echamos mano de otro artículo de Kastrup para presentar su respuesta a 10 de las objeciones más comunes que recibe el idealismo. ¡Espero que te haga pensar tanto como a mí!
Dentro de la filosofía de la mente (la rama de la filosofía que trata con la conciencia y el famoso problema de la mente y el cerebro), la mayoría de filósofos ateos optan por alguna clase de materialismo, en la que el ser humano es un objeto puramente material que se identifica o bien con su cuerpo o bien con su cerebro. La posición, en cambio, dentro de la filosofía de la mente, que sostiene la existencia del alma como una sustancia inmaterial separada a independiente del cuerpo se conoce como dualismo de sustancias.
Bien, pues si uno eligiera un filósofo dualista al azar, lo más probable es que fuera cristiano o de alguna otra religión. Pero Michael Huemer es una bonita excepción: un filósofo declaradamente ateo que, desafiando todos los estereotipos, sostiene que el alma es la mejor solución disponible a uno de los grandes enigmas filosóficos que han preocupado a la filosofía desde el inicio de los tiempos. ¿Cuál será? ¿Qué argumento filosófico a favor del alma podría trascender toda perspectiva religiosa y resultar convincente hasta para un ateo? ¿Puede alguien racionalmente pensar que el alma existe, aunque simultáneamente piense que Dios no existe? ¿Acaso la existencia del alma no es incompatible con el ateísmo?
Seguimos con nuestra serie de filosofía de la mente, adentrándonos en el problema de la conciencia. La respuesta clásica al problema mente-cerebro (o mente-cuerpo) ha sido el dualismo de sustancias, que ha gozado de defensores de tal calibre como Platón y Descartes. ¿Qué es el dualismo de sustancias en filosofía? La idea de que el ser humano es un compuesto de dos sustancias, una sustancia material y una sustancia inmaterial: alma y cuerpo. Hoy en día, no obstante, el dualismo no está de moda: probablemente sea la postura más desdeñada y ridiculizada dentro de la literatura, que ha virado hacia el materialismo. A pesar de esto, un pequeño reducto de filósofos siguen convencidos que la verdadera solución al problema de la conciencia, y la filosofía que más justicia hace a la realidad humana, es el dualismo de sustancias: la idea de que el ser humano es un compuesto de dos sustancias, el alma (una sustancia inmaterial) y el cuerpo (una sustancia material).
Pero… ¿qué evidencias o argumentos hay a favor de la existencia del alma? ¿Acaso se puede demostrar? Es, ciertamente, una buena pregunta, pero en el vídeo de hoy vamos a explorar el pensamiento de un autor que defiende que todos deberíamos ser dualistas y creer en el alma, aun cuando no pudiéramos dar ninguna demostración de su existencia.
Hay una posición minoritaria dentro de la filosofía de la mente que es continuamente denigrada y ridiculizada por todas las demás: el dualismo de sustancias, la idea de que cada uno de nosotros es no un objeto material, sino una sustancia inmaterial (un alma), que posee o habita un cuerpo físico. ¿Existe el alma? Hoy pocos lo afirmarían: esta clase de dualismo ha visto mejores días en la historia de la filosofía, eso está claro.
Y a pesar de ello, hay un filósofo materialista que ha defendido que las típicas objeciones al dualismo (especialmente el temido problema de la interacción) son en realidad muy malas, malísimas, tanto que, si uno consigue de entrada ser dualista, no debería quedar para nada impresionado por ellas. En realidad, dice este materialista, en cuestión de argumentos, materialismo y dualismo están a la par. ¿Por qué reconocería un materialista convencido algo así? ¿Qué tendría que hacernos pensar?
Una de las grandes preguntas de la filosofía tiene que ver con la existencia del alma: ¿existe el alma? ¿Está el ser humano compuesto, además del cuerpo, de otra sustancia o dimensión no-física, inmaterial, que puede sobrevivir a la muerte? A lo largo de la historia, la inmensa mayoría de filósofos cristianos han defendido que sí, que el alma existe. Pero… ¿y si te dijera que hay al menos un filósofo cristiano contemporáneo que defiende que el alma no existe? ¿Que es no sólo es un sinsentido filosófico, sino que encima es contraria a la Biblia? ¿Cómo puede ser eso? ¿Acaso no es verdad que el alma existe según la Biblia? ¿Cómo podría un cristiano negar algo aparentemente tan central a sus propias convicciones religiosas como la existencia del alma? En este vídeo, ¡te lo cuento!
Vivimos en una época donde parece que todo está explicado por la ciencia y muchos dan por sentado que la conciencia depende únicamente del cerebro. La anestesia, las lesiones cerebrales, las drogas o el envejecimiento parecen demostrar que cuando el cerebro deja de funcionar, también lo hace la mente. Pero ¿y si estuviéramos sacando conclusiones demasiado rápidas?
En este vídeo reviso la historia de cómo hemos entendido la relación entre mente y cuerpo, desde los médicos de la Antigüedad hasta los experimentos modernos. Y lo más interesante: comparto contigo la propuesta del filósofo William James, quien defendía que la mente quizá no sea producida por el cerebro, sino simplemente canalizada o transformada por él, como ocurre con la radio y las ondas o con un prisma que revela los colores ocultos en la luz.
Si esto es así, entonces la muerte del cerebro no tendría por qué ser el final de la conciencia, sino tal vez el paso a otra forma de existencia. No se trata de una afirmación dogmática, sino de abrir el debate y darnos cuenta de que los datos no nos obligan a elegir solo la visión materialista.
Acompáñame en este viaje filosófico donde hablamos de muerte, conciencia, vida después de la muerte, materialismo y espiritualidad. Te prometo que vas a salir con más preguntas que respuestas, pero también con una mirada más crítica y abierta sobre un tema que, tarde o temprano, nos toca a todos.